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ALGUIEN DIJO

 "Steinitz aportó a la Teoría del Ajedrez una tabla de multiplicar, pero aún él estaba muy lejos de las Matemáticas superiores".               (GM G. Kasparov, ex-Campeón mundial)

 

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Hoy publicamos un cuento de ajedrez de uno de los más grandes maestros del género y uno de los más influyentes en la cuentistica moderna, el norteamericano Ambrose Bierce. Nació en 1842, en el seno de una familia pobre, y según refieren las crónicas, la suya no fue una infancia feliz. Trabajó en una imprenta desde pequeño, hasta que empezó a colaborar con diferentes publicaciones, afianzandose como escritor y periodista. Muchos de sus libros han pasado a la historia, entre ellos el famoso "Diccionario del diablo" y sus "Cuentos de Soldados y civiles". El maestro de Moxon fue originalmente publicado en 1909. En "Fiiciones en los 64 cuadros", una pequeña antología de cuentos de ajedrez, aparece éste texto clásico para quienes se interesan por el ajedrez y la literatura. ¡Que lo disfruten!

 

El maestro de Moxon
de Ambrose Bierce

 

 

 

 

 

 

 

 

 

- ¿Habla usted en serio? ¿Cree realmente que una máquina piensa?

No obtuve respuesta inmediata; Moxon tenía concentrada su atención en los fantásticos dibujos proyectados por las llamas del hogar. Desde hacía varias semanas venía observando en él una creciente tendencia a demorar la respuesta incluso a la más vulgar de las preguntas. Sin embargo, el aire que adoptaba era de preocupación más que de deliberación: era como si algo rondara por su mente”.

Súbitamente dijo:

- ¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida diversamente. He aquí la definición que aparece en un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización mediante el cual es aplicada y hecha efectiva la energía, o producido un efecto deseado”. En tal caso, ¿no es el hombre una máquina? Y debe usted admitir que el hombre piensa ... o cree que piensa.

- Si no quiere contestar a mi pregunta –dije, con cierta brusquedad-, ¿por qué no me lo dice claramente? Se sale usted por la tangente. Sabe perfectamente que al hablar de una “máquina” no me refiero a un hombre, sino a algo hecho por el hombre y sometido a él.

- A veces sucede lo contrario, y la máquina gobierna al hombre –replicó Moxon, poniéndose de pie y acercándose a una ventana, en cuyos cristales repiqueteaba la lluvia de una noche tormentosa. Al cabo de unos instantes se volvió hacia mí y añadió, sonriendo: - Discúlpeme. No trataba de salirme por la tangente, como dice usted. Puedo contestar a su pregunta de un modo directo: creo que una máquina piensa en el trabajo que está realizando.

Era una respuesta directa, desde luego. Y no demasiado agradable, ya que tendía a confirmar mis sospechas de que la dedicación de Moxon al estudio y al trabajo en su taller no le hacían ningún bien. Sabía, por ejemplo, que padecía de insomnio, un achaque que no puede ser calificado de trivial. ¿Acaso había afectado a su mente? Su respuesta a mi pregunta parecía indicarlo así. Ahora quizá no hubiese yo tenido esa sospecha; en aquella época era muy joven y, entre las bendiciones que no le son negadas a la juventud, se encuentra la ignorancia. Estimulado a la discusión por aquellas palabras, dije:

- ¿Y con qué piensa la máquina ... careciendo de cerebro?

La respuesta, surgida sin la demora habitual, adoptó la forma favorita de Moxon: el contrainterrogatorio.

- ¿Con qué piensa una planta ... careciendo de cerebro?

- ¡Ah! De modo que las plantas pertencen también al clan filosófico ... Me gustaría conocer algunas de sus conclusiones; puede usted omitir las premisas.

Moxon, sin tomar en cuenta mi mordacidad, dijo:

- Tal vez pueda usted deducir sus convicciones de sus actos. Le ahorraré los conocidos ejemplo de la sensible mimosa, de las diversas flores insectívoras y de aquellas cuyos estambres se inclinan y sacuden su polen sobre la abeja, a fin de que ésta pueda fecundar a sus lejanas compañeras. En un espacio abierto de mi jardín planté una enredadera. Cuando asomó a la superficie, clavé una estaca en el suelo a un metro de distancia de la planta. La enredadera se extendió inmediatamente en aquella dirección pero, al cabo de unos días, cuando estaba apunto de alcanzar la estaca, arranqué esta última y volví a clavarla a unos cuantos pies de distancia. Inmediatamente la enredadera modificó la dirección de su crecimiento, trazando un ángulo agudo y extendiéndose de nuevo hacia la estaca. Repetí la maniobra varias veces, hasta que la enredadera, descorazonada, abandonó la persecución y se dirigió hacia un árbol, por el cual trepó.

Las raíces de los eucaliptos se prolongan increíblemente en busca de humedad. Un conocido horticultor cuenta que una raíz de eucalipto penetró en una tubería subterránea seca y la siguió hasta llegar a una pared de piedra con la cual había sido cegada la tubería en cuestión. La raíz salió de la tubería y siguió la pared hasta encontrar una abertura; se introdujo en ella y dio la vuelta en busca de la tubería situada al otro lado de la pared.

- ¿Y todo eso?

- ¿Acaso no se da cuenta de lo que significa? Demuestra la conciencia de las plantas. Demuestra que las plantas piensan.

- Vamos a admitir que las plantas piensen. Pero no estábamos hablando de las plantas, sino de máquina, Las máquinas pueden ser parcialmente de madera –madera que ha perdido su vitalidad- o completamente metálicas. ¿Acaso el reino mineral posee también la facultad de pensar?

- ¿Qué otra explicación puede darle usted al fenómeno de la cristalización, por ejemplo?

- No trato de explicarlo.

- Porque no puede hacerlo usted sin afirmar lo que desea negar, es decir, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman filas o cuadros, lo llama usted razón. Cuando los patos silvestres en vuelo adoptan la forma de una V, lo llama usted instinto. Cuando los átomos homogéneos de un mineral, moviéndose libremente en solución, adoptan formas matemáticamente perfectas, o unas partículas de humedad helada se agrupan en simétricas y bellas formas de copos de nieve, no tiene usted nada que decir. Ni siquiera ha inventado un nombre para disimular su heroica sinrazón.

Moxon estaba hablando con desacostumbrada animación y seriedad. Cuando se interrumpió, oí en una habitación contigua un extraño sonido, como si alguien golpeara el tablero de una mesa con la palma de la mano. La habitación en cuestión era el taller de Moxon, un lugar al cual no tenía acceso absolutamente nadie, aparte del dueño de casa, naturalmente. Moxon oyó también aquel sonido y, visiblemente excitado, se puso en pie y entró con apresuramiento al taller. Me pareció muy raro que pudiera haber alguien en aquel sanctasanctórum, y la curiosidad me impulsó a escuchar atentamente, aunque me satisface poder afirmar que no pegué el oido al ojo de la cerradura. Resonaron unos ruidos confusos, como de lucha; el suelo retembló. Oí una respiración jadeante y un ronco susurro: “¡Maldito seas!”. Luego todo quedó en silencio. En seguida reapareció Moxon y dijo, tratando de sonreir:

- Discúlpeme por haberlo dejado solo. Tengo una máquina ahí que a veces pierde los estribos.

Mirando su mejilla izquierda, cruzada por cuatro arañazos paralelos y ensangrentados, dije:

- Por lo visto, esa máquina no se corta las uñas.

Podía haberme ahorrado la chanza; Moxon no me prestó la menor atención. Volvió a sentarse y reanudó el interrumpido monólogo como si nada hubiese ocurrido.

- Sin duda, no está usted de acuerdo con los que afirman que toda la materia es sensible, que cada átomo es un ser vivo y consciente. Yo, sí. No existe materia muerta, inerte; toda está viva; toda posee instinto y fuerza, real y potencial; toda es sensible a las fuerzas que la rodean y susceptible de asimilar las facultades que residen en organismos superiores con los cuales ha entrado en contacto, como las del hombre, por ejemplo, cuando transforma la materia en un instrumento. La materia absorbe algo de la inteligencia y de la intención del hombre; y las absorbe en mayor grado cuanto más compleja es la máquina resultante y el trabajo que realiza.

¿Recuerda por casualidad la definición de la “vida” de Herbert Spencer? Yo la leí hace treinta años. Y al cabo de tanto tiempo, no encuentro ni una sola palabra que deba ser cambiada, añadida o suprimida con provecho. Continúa pareciéndome no sólo la mejor definición sino la única posible.

“La vida –recitó- es una definida combinación de cambios heterogéneos, simultáneos y sucesivos, relacionados con coexistencias y secuencias externas.”

- Eso define el fenómeno –objeté-, pero no proporciona ninguna clave para descubrir su causa.

- Y eso es todo lo que puede hacer una definición –replicó Moxon-. Tal como lo señala Mills, lo único que sabemos de la causa es que se trata de un antecedente ..., del mismo modo que lo ignoramos todo acerca del efecto, excepto que es una consecuencia. Pero nuestra percepción puede inducirnos a error: alguien que haya visto muchas veces un conejo perseguido por un perro, y no haya visto conejos y perros separadamente, puede creer que el conejo es la causa del perro.

Pero, mucho me temo que me estoy desviando de la cuestión fundamental. Lo que me interesa subrayar es que en la definición de la “vida” de Spencer queda incluida la actividad de una máquina: en la definición no hay nada que no sea aplicable a ella. Según aquel eminente pensador, si un hombre está vivo durante su período de actividad, también lo está una máquina mientras funciona. En mi9 calidad de inventor y constructor de máquinas, puedo afirmar que es cierto.

Moxon guardó silencio durante largo rato, contemplando abstraídamente el fuego. Se estaba haciendo tarde y pensé que debía marcharme, pero no me gustaba la idea de dejar a Moxon en aquella casa aislada, completamente solo, a excepción de la presencia de alguna persona acerca de cuya naturaleza mis conjeturas no podían llegar más allá del hecho de que se trataba de un ser poco animoso, quizá maligno. Inclinándome hacia Moxon y mirándole fijamente a los ojos, al tiempo que señalaba con un ademán la puerta del taller, inquirí:

- Moxon, ¿a quién tiene usted ahí?

Quedé sorprendido al ver que echaba a reir y respondía sin vacilar:

- A nadie. El incidente que tanto le preocupa ha sido provocado por mi negligencia al dejar funcionando una máquina sin nada en que ocuparse, mientras yo me entregaba a la ímproba tarea de iluminar su entendimiento. ¿Sabe usted por casualidad que la Conciencia es hija del Ritmo?

- ¡Oh! No quiero calentarme más los cascos –dije, levantándome y poniéndome el abrigo-. Buenas noches, Moxon. Espero que la máquina que dejó usted inadvertidamente funcionando lleve guantes la próxima vez que crea usted necesario pararla.

Sin detenerme a observar el efecto de mi indirecta, salí de la casa.

Seguía lloviendo y la oscuridad era muy intensa. A lo lejos brillaban débilmente las luces de la ciudad, pero detrás de mí la única claridad visible era la que proyectaba una ventana de la casa de Moxon, que correspondía precisamente a su “taller”. Supuse que Moxon había reanudado los estudios interrumpidos por mi visita. Por raras, y hasta cierto punto cómicas, que en aquella época me parecían sus ideas, no podía sustraerme del todo a la sensación de que estaban relacionadas de algún modo trágico con su vida y con su carácter ..., y quizá con su destino. Ahora estaba convencido de que sus ideas no eran divagaciones de una mente enferma: las había expuesto de un modo lógico. Recordaba una y otra vez sus últimas palabras: “La Conciencia es hija del Ritmo”. Y cada vez encontraba en ellas un significado más profundo y una nueva sugerencia. Constituían, pensé, una idea base sobre la cual fundar una filosofía. Si la conciencia es fruto del ritmo, todas las cosas son conscientes ya que todas tienen movimiento, y todo movimiento es rítmico. Me pregunté si Moxon conocía el significado y la envergadura de su idea, el alcance de aquella trascendental generalización. ¿Acaso había llegado a su fe filosófica por el tortuoso e inseguro camino de la observación?

Aquella fe era entonces nueva para mí, y los alegatos de Moxon no habían conseguido convertirme en un converso; pero de repente tuve la sensación de que brillaba una intensa luz a mi alrededor, como aquella que cayó sobre Saulo de Tarso; y allí, en medio de la tormenta, de la soledad y de la oscuridad, experimenté lo que Lewes llama “la infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”. El conocimiento adquiría para mí un nuevo sentido, una nueva dimensión. Mis pies apenas parecían tocar la tierra, unas alas invisibles parecían levantarme del suelo y conducirme a través del aire.

Cediendo al impulso de obtener más luz de aquel a quien ahora reconocía como mi maestro y guía, di media vuelta y, sin saber cómo, me encontré de nuevo ante la puerta de la casa de Moxon. Estaba empapado, pero no sentía ninguna molestia. En mi excitación no se me ocurrió tocar el llamador: me limité a hacer girar el pomo de la puerta; poco después penetraba otra vez en la habitación de la cual había salido momentos antes. Todo estaba a oscuras y en silencio, como suponía.

         Moxon, claro está, se hallaba en el taller. Tanteé la pared hasta hallar la puerta de comunicación y llamé varias veces sin obtener respuesta, cosa que atribuí al creciente ruido de la tormenta. El viento rugía con furia y la lluvia repiqueteaba incesantemente contra las ventanas.

        Jamás fui invitado a entrar en el taller. En realidad, Moxon me prohibió entrar allí, como a todo el mundo, con una sola excepción: la de un hábil obrero metalúrgico, de quien nadie sabía nada, excepto que se llamaba Haley, y que era silencioso por naturaleza. Pero, en mi excitación espiritual, olvidé la discreción y los buenos modales y abrí bruscamente la puerta. Lo que vi me arrancó bruscamente de mis especulaciones filosóficas.

        Moxon estaba sentado frente a la puerta, ante una mesita sobre la que una vela proyectaba la única luz de la habitación. Enfrente de él, dándome la espalda, había otra persona. Sobre la mesa, entre ambos, había un tablero de ajedrez; estaban jugando. Se poco de ajedrez, pero al ver pocas piezas encima del tablero era obvio que la partida estaba terminando.

        Moxon demostraba un enorme interés aunque me pareció que no tanto en el juego como en su contrincante, al que miraba de forma tan intensa y penetrante que, a pesar de encontrarme directamente en la línea con su campo visual, no advirtió mi presencia. Su rostro estaba fantasmalmente pálido y sus ojos brillaban como diamantes. A su adversario sólo le veía la espalda, pero aquello me bastó, pues creo que en mi interior no deseaba verle el rostro.

        Por lo visto, sólo medía metro veinte de estatura, con unas proporciones semejantes a las de un gorila, muy ancho de hombros, cuello corto y recto, y una cabeza cuadrada con un fez rojo sobre una enmarañada mata de pelo negro. Una túnica, del mismo color, cubría la parte superior de su cuerpo, cayendo en pliegues sobre el asiento, que era una especie de cajón, en donde estaba sentado. Las piernas y los pies no eran visibles. Su antebrazo izquierdo parecía reposar sobre su regazo; movía las piezas con la mano derecha, que era desproporcionadamente larga.

        Yo me había apartado ligeramente a un lado del umbral; de esta manera, si Moxon levantaba la vista sólo vería la puerta abierta. Algo me impedía entrar o retirarme, pues tenía una extraña sensación de estar ante una tragedia inminente, y pensé que podría  ayudar a mi amigo. Sin rebelarme contra lo indelicado de mi acción, me quedé.

        La partida era rápida. Moxon apenas miraba el tablero antes de efectuar un movimiento, nervioso y rápido. Su contrincante, en cambio, movía las piezas lentamente, de manera uniforme, mecánica. Era un espectáculo imponente; y me estremecí. Claro que ello podía deberse al agua que empapaba mis ropas.

        Dos o tres veces tras mover una pieza, el extraño inclinó levemente la cabeza, y observé que en cada ocasión, Moxon movía su rey. De repente se me ocurrió que aquel hombre era mudo. Luego pensé que se trataba de una máquina. ¡Un jugador de ajedrez autómata! Recordé que, en cierta ocasión, Moxon me explicó que acababa de inventar un mecanismo de tal especie, aunque no creí que lo hubiese construido ya. Lo que Moxon habló aquella misma noche respecto a la conciencia y la inteligencia de las máquinas, ¿era sólo un preludio a una exhibición de tal ingenio..., un simple truco para aumentar el efecto de su acción mecánica sobre mí, en la ignorancia de su secreto?

        ¡Un bello final para mis arrebatos intelectuales, para mi "infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico"! Estaba a punto de retirarme disgustado, cuando sucedió algo que retuvo mi atención. Observé que la cosa encogía sus inmensos hombros, como con irritación, y aquel movimiento era tan natural -tan enteramente humano-, que me desconcertó. Aquello no fue todo, pues un instante más tarde golpeó la mesa con el puño. Ante aquel gesto, Moxon pareció incluso más desconcertado que yo. Como alarmado, echó su silla hacia atrás.

        Súbitamente, Moxon levantó una mano provista de una pieza de ajedrez, como si fuera un arma, y la dejó caer sobre el tablero, gritando: -¡Jaque mate!, al tiempo que se ponía rapidamente de pie y se colocaba detrás de su silla. El autómata continuó sentado, inmóvil, en plena concentración.

        Afuera, el viento había amainado, pero a intervalos se oía el estruendo sordo del trueno. Y, mezclado con él, se oía una especie de zumbido que parecía proceder del cuerpo del autómata, como si su mecanismo que lo gobernaba se hubiera desquiciado. No tuve tiempo de reflexionar mucho, pues mi atención volvió a ser atraída por los extraños movimientos del autómata. Parecía haberse apoderado de su cuerpo una leve pero continua convulsión. Su cuerpo y su cabeza se estremecían como si fuera presa de un ataque de epilepsia, y el movimiento progresó hasta que todo aquel ser estuvo violentamente agitado. Se puso en pie con brusquedad, derribando la mesa, y extendió ambos brazos al frente, con la postura del nadador que está a punto de zambullirse en el agua. Moxon trató de retroceder, pero era demasiado tarde; vi las manos de la horrible cosa cerrarse en torno a la garganta de mi amigo, unos instantes antes que la vela, que cayó al suelo al volcarse la mesa, se apagara, dejando a oscuras la habitación. No obstante esto, el rumor de la lucha era perfectamente audible, siendo lo más horrible los estertores de Moxon en sus desesperados esfuerzos por respirar. Guiado por aquel ruido, traté de acudir en ayuda de mi amigo, mas apenas había dado un paso cuando la estancia quedó inundada de claridad, una claridad casi cegadora que imprimió en mi cerebro, mi corazón y mi recuerdo, un vívido cuadro de los combatientes caídos en el suelo. Moxon se hallaba debajo, con la garganta apresada todavía por aquellas manazas de hierro, con los ojos desorbitados, la boca abierta y la lengua fuera. Y, ¡horrible contraste!, en el pintado semblante de su asesino, se veía una expresión meditabunda y serena, como si estuviese ocupado en la solución de un problema de ajedrez. Un instante más tarde..., todo estuvo en tinieblas y en completo silencio.

           Recobré el conocimiento tres días más tarde en el hospital. Cuando recordé aquel trágico suceso, reconocí en el hombre que me atendía al obrero metalúrgico que había trabajado para Moxon. Si, era Haley. Respondiendo a mis miradas, se me aproximó con la sonrisa a flor de labios.

          -Cuéntemelo todo -le supliqué débilmente-. Absolutamente todo.

          -Claro -sonrió-. Le trajeron aquí inconsciente, desde una casa incendiada, la de Moxon. Nadie sabe por qué estaba usted allí. También sigue en misterio el origen del incendio. Mi opinión personal es que la casa fue alcanzada por un rayo.

          -¿Y Moxon?

          -Ayer lo enterraron. Bueno, lo que quedaba de él.

          Por lo visto, aquel hombre tan silencioso en algunas ocasiones, sabía ser amable y comunicativo con un enfermo. Transcurridos unos segundos, formulé otra pregunta.

          -¿Quién me rescató?

          -Bueno, si tanto le interesa saberlo..., fui yo.

          -Gracias, Mr. Haley y que Dios lo bendiga. ¿Salvó también usted a aquel fascinante producto de su habilidad, el jugador de ajedrez autómata que asesinó a su creador?

          El hombre permaneció largo rato en silencio, sin mirarme. Finalmente, se volvió hacia mí y preguntó:

          -¿Está usted enterado de esto?

          -Desde luego. Lo vi extrangular a Moxon.

Todo esto sucedió muchos años atrás. Si hoy me lo preguntasen, mi respuesta sería mucho menos categórica.